En la esquina de la cocina,
cerca de la estufa a leña,
igual como hace cien años
la banca duerme la siesta.
Fue un regalo que mi abuelo,
siendo un joven veinteañero,
le hizo a una bella niña
que resultó ser mi abuela.
Once años los separaban...
Y le pidió al carpintero
le hiciera una linda banca
para forrarla de cuero...
once años los separaban
y eso no fue impedimento.
Cuando ella lo vio llegar
con semejante envoltorio,
ya supuso que lo amaba
y terminaría en casorio.
Así fue y tuvieron hijos
cuatro mujeres y un niño
y a todos los acunaba
en su asiento preferido.
Con el tiempo, la pelambre
del cuero de ternerito
se fue quedando gastada
y hacía la lonja un sonido
a tamboriles de negros,
a repique, a piano, a chico.
Cuando mi madre, en invierno,
se sentaba junto al fuego,
no había quien le disputara
esa banqueta de cuero
y nos pasábamos horas
oyendo sus lindos cuentos;
era el punto de reunión
y testigo de los sueños.
Hoy que le cambio la piel
y le lustro su madera,
le siento un cariño fiel
a la banca de mi abuela.
*
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